Perrito callejero mirando a la cámara

El privilegio de “ser alguien” (y el resto del patio)

Hay un chiste amargo que me hago cuando veo anuncios de “solo raza”: parece que el amor también tiene filtros de Instagram. Cara limpia, línea genética, historia vendible. El mestizo llega con cara de borrador. A mí el borrador me parece más honesto. Pero eso es sesgo mío, y lo digo de frente.

Morris cuenta (sin que yo lo copie capítulo a capítulo) cómo el mundo moderno convirtió el pedigrí en negocio y espectáculo, y cómo al mismo tiempo crecieron montones de mestizos, a veces buscados precisamente por gente que quería compañía sin tanto teatro. La pregunta que me deja no es “¿raza sí o no?”. Es: ¿qué estamos premiando cuando premiamos “raza”? ¿Salud? ¿Trabajo histórico de una línea? ¿O estatus con cuatro patas?

Salto al directorio de Perrimex. Ahí conviven los que tienen nombre de raza y los que tienen nombre de barrio. Todos necesitan lo mismo: alguien que no los trate como temporada. Esterilización. Vacunas. Paciencia. Sofá. La “calidad” de un perro no vive en un árbol genealógico inventado hace doscientos años. Vive en el vínculo que se construye los martes aburridos.

Y aquí se me enreda otra idea: el pedigrí puede ser herramienta. Si te ayuda a anticipar riesgos de salud o energías reales, y lo usas con fuentes serias, bien. Si te sirve para mirar por encima del hombro al perro de la esquina, ya no es herramienta. Es ego disfrazado de criterio. El ego adopta mal. El ego abandona con frases bonitas.

Vuelvo al borrador. Adoptar un mestizo no es “conformarse”. Puede ser una decisión chiquita y política: este cuerpo también merece futuro. No porque sea más santo. Porque el sistema de valor social lo dejó abajo y alguien tiene que empujar hacia arriba la balanza. Perrimex, en el fondo, es un empujón colectivo: más ojos, más chances, menos olvido.

Una correlación rara pero real: el mismo impulso que idolatra la raza a veces idolatra la ternura fácil (solo cachorros, solo “bonitos”, solo perfectos en foto). El adulto mestizo con cicatriz pierde dos veces. Por edad y por no parecer catálogo. Si el directorio nacional sirve de algo, que sirva para romper esas dos puertas.

No estoy en guerra con quien ama una raza. Estoy en guerra con la invisibilidad. Si tu labrador es tu vida, celebramos. Si tu mestizo es tu vida, también. Si tu criterio es “vale más porque tiene papeles”, ahí sí te miro feo (con cariño, pero feo).

Cierro en red: el privilegio de “ser alguien” no debería decidir quién come mañana. El patio es grande. Que quepan todos. Y si el pedigrí aparece, que aparezca para cuidar mejor, no para clasificar el amor.

Bibliografía / lectura citada

Morris, Desmond. Observe a su perro (título original: Dogwatching). Trad. Lorenzo Cortina Toral. Plaza & Janés Editores, 1994 (orig. 1986). ISBN 9788401451331.

Nota: Texto libre de un voluntario de Perrimex. No es resumen del libro; es comentario con citas puntuales.

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